En el cajón pequeño, debajo de mi
librero, guardo un collar.
Es un collar con un listón
grueso, de hilo negro, y una placa delgada de plata con un diamante que apenas se
ve. Me lo dio mi abuela una tarde lluviosa durante ese verano; ése que fue el
último para ella.
Fueron tantas las visitas que le
hicimos esas semanas. Es extraño cuando alguien tan mayor está convaleciente,
porque cualquier día podría ser el último, así que se opta por tener “un último
día especial” donde se junte toda la familia en sus mejores ropas y pasen a
darle un beso y tratar de sostener una plática que, se nota, ella no puede sostener.
Lo curioso es que la partida no llega, y cada cierto tiempo se tiene
otro “último día especial”…y luego otro…
Pero ese día fue diferente. En el
mundo de la medicina hablan de un último golpe de buena salud, donde parece que
la persona ha librado cualquier mal, pero que termina siendo la antesala para el
despido definitivo. Miércoles 17 de julio, ese fue el último día bueno para
Abuelita Mercedes.
Entré a su cuarto a las 10 de la
mañana. Estaba atiborrado de floreros, como a ella siempre le gustaba tenerlo. Las
ventanas entre abiertas, con las cortinas blancas danzando a una suave brisa;
la luz entrando en rayos delgados que brindaban una sensación de frescura y de
una belleza elegante. Había un olor a canela, chocolate y café recién hecho que
brotaba desde la cocina. Le había sorprendido a Claudia, la enfermera,
descubrir a Abuelita Mercedes en la mañana dando vueltas por la cocina,
preparando todo, mientras danzaba con pasos ligeros al son de José José.
El plan original era que iríamos
toda mi familia: Papá, Mamá, Alma, Rubén y yo, pero en días anteriores a cada
quién le fueron saliendo uno u otro pendiente imperdible. Así que ahí estaba
solo yo, canasta en mano, forrado en ropa nueva y bastante incómoda, apestando
a la loción que mi papá me compró, que seguramente debía llamarse “tronco viejo
bañado en vinagre de jalapeño”.
¡Knock-Knock!
…
Estábamos sentados en la pequeña
mesa que tenía pegada a la ventana; uno frente al otro. Se sentía un aura
acogedora (no sé si era por la charola de galletas que tenía frente a mi o la
sonrisa tan sincera y cómoda que veía en la cara de mi abuelita). Su cocina
siempre me había parecido un viejo recuerdo de una película de los cincuenta:
cortinas de cuadros azules y blancos, decoraciones de pared con publicidad
antigua y cuadros de paisajes de bellas metrópolis europeas. Por la ventana
abierta escuchaba los sonidos del incambiable barrio: Doña Queta barriendo su
cochera, el inquilino-en-turno de los Roldán escuchando a alguna banda de rock
o lo que fuera que escucharan los universitarios en el momento, los alumnos de
Esther mallugando las teclas del piano, Rocko ladrando desde el jardín de Don Quintín.
“Qué grande estás”, me dijo. Su
voz sólo puedo describirla con la palabra ‘paz’. Había una serenidad en ella,
una enorme seguridad. Me recordaba a los maestros del kung fu que veía en las
películas del canal cinco. Esa mirada, ese ritmo del que todo lo sabe, que todo
lo entiende y que parece que dentro de ellos brota una fuente de amor puro
hacia todo y todos. “Doce años. Todavía me acuerdo”, y miró hacia la ventana,
en silencio, por un minuto.
Cuando terminó de vagar por algún
recuerdo que le sacó una leve risa, volteó hacia mí y, llena de energía, salió
a su buró. “Hay algo que quiero darte.”
Regresó con algo entre sus manos
que yo no podía ver bien, pero ella lo manejaba con una delicadeza y orgullo
como si fuera la corona de la reina. Lo
venía viendo con ojos ligeramente húmedos y llenos de admiración y ternura. Pasaba
sus dedos suavemente sobre él. Al fin lo vi: era el collar de placa de plata y
otro igual.
“Éstos los compró tu abuelo
cuando andábamos de viaje…por Europa”. Cerró los ojos y no pudo contener la
risa. Yo estaba extrañado, era la primera vez que mi abuelita me hablaba de
papá Ramón (en paz descanse). Era un tema que mis papás se aseguraron que nunca
se hablara. Pero ahí estaba ella, atacada de la risa, una delgada lágrima
recorriendo su ruborizado y lustrado rostro, vagando por algún feliz recuerdo.
“Ay, Ramón…”
“‘Nos vamos a Europa, nos vamos a Europa’, me
decía. ‘Ni traigas maletas. Allá compramos todo.’ Ay, Ramón. Lo acababan de
correr de la cigarrera ese mes. Habíamos tenido discusión (una de las fuertes)
la noche de antes. ‘¿Cómo que a Europa?’, le decía. ‘Sí, sí. A Europa. Súbete
al carro.’ Su sonrisota y se reía. Tú…tú sonríes como él.” No podía describir a
ciencia cierta su mirada. Era entre nostalgia y una abundante felicidad, como si
lo estuviera viviendo en ese momento todo otra vez.
“Y me subí, entre nerviosa y
feliz y confundida. Él prendió el radio y le subió a todo volumen. Asustó a Carmela,
la mamá de Queta. Estaba barriendo. ‘¡Nos vamos para Europa, Doña Mela!’ Y se
arrancó. Él iba cantando y me iba moviendo la mano, bailando.
…
“‘Llegamos a las vías y estaba
pasando un tren. Apenas iba cruzando. Ahí volteó a verme. Sus ojos. Azules,
azules. Y me sonríe. ‘Yo te amo, Meche.’ Y me besó la mano. ‘Desde que te vi en
aquella feria; cuando me dijiste que no querías bailar; que no aguantabas
porque era la primera vez que usabas tacones y nos quedamos platicando; cuando
fuimos por esa nieve,” su voz se empezaba a cortar entre oraciones, “cuando tu
mamá se enfermó; cuando no entraste a la escuela; cuando me acompañaste al
estadio y no querías; cuando fui a la casa de tus papás; cuando te enojas;
cuando me quieres; cuando dices que ya no me quieres; cuando me aguantas;
cuando te ríes; cuando andas sería. Yo siempre te amo.’ ‘Yo también, Ramón. Yo
también.’ Y nos quedamos callados, viéndonos, sonriendo.
Hay veces que sabes que lo que te
dicen no es igual a lo de siempre. Hablamos todo el día, decimos cosas sin en
verdad sentirlas. Usamos muchas palabras a la ligera…pero hay veces en que sabes que te lo dicen en serio…del
corazón. Ese fue uno. Siempre háblale así a los que quieres.”
…
“‘Y le seguía, maneje y maneje,
pero yo no veía para dónde andaba agarrando. El aeropuerto era al otro lado.
Íbamos pasando por el centro y que se para. ‘Ya llegamos, Meche.’ Y se baja y
empieza a caminar. ‘Vente, Meche.’ Sin voltear a verme, da la vuelta hacia la plaza.
Yo seguía en el carro, sin moverme. Pues me bajé y lo perseguí. Que voy dando
la vuelta a la plaza y…”
Se quedó callada, llevó las manos
sobre su boca, sus ojos ahora sí soltando las lágrimas. “‘¡Ya llegamos a
Europa, Meche!’
“‘Toda la plaza…vacía…pero llena
de focos. No sabía dónde andaba. Caminé y caminé entre ellos, parecían
estrellas. Eran los focos de la casa; los de Navidad, los de la sala, los del
jardín. Eran los de toda la cuadra. Los de Mela, los de Quicha, de los Roldán.
Cuando volteo, tu abuelo ya no estaba. ‘¡Ramón! Ramón, ¿dónde andas?’ Y que empezó
la música. Estaba Don Ernesto, con Esther y sus hermanos.” Y con los ojos
cerrados, Abuelita empezó a tararear una canción que yo no conocía. Me sonaba
vieja, de esas de su época. Luego supe que se llamaba La vie en rose. ‘Y sale tu abuelo, con su traje…el café. Y unas
flores. Y su sonrisa…su sonrisa…”
