viernes, 7 de noviembre de 2014

Fragmento No.1

En el cajón pequeño, debajo de mi librero, guardo un collar.
Es un collar con un listón grueso, de hilo negro, y una placa delgada de plata con un diamante que apenas se ve. Me lo dio mi abuela una tarde lluviosa durante ese verano; ése que fue el último para ella.

Fueron tantas las visitas que le hicimos esas semanas. Es extraño cuando alguien tan mayor está convaleciente, porque cualquier día podría ser el último, así que se opta por tener “un último día especial” donde se junte toda la familia en sus mejores ropas y pasen a darle un beso y tratar de sostener una plática que, se nota, ella no puede sostener. Lo curioso es que la partida no llega, y cada cierto tiempo se tiene otro “último día especial”…y luego otro…
Pero ese día fue diferente. En el mundo de la medicina hablan de un último golpe de buena salud, donde parece que la persona ha librado cualquier mal, pero que termina siendo la antesala para el despido definitivo. Miércoles 17 de julio, ese fue el último día bueno para Abuelita Mercedes.
Entré a su cuarto a las 10 de la mañana. Estaba atiborrado de floreros, como a ella siempre le gustaba tenerlo. Las ventanas entre abiertas, con las cortinas blancas danzando a una suave brisa; la luz entrando en rayos delgados que brindaban una sensación de frescura y de una belleza elegante. Había un olor a canela, chocolate y café recién hecho que brotaba desde la cocina. Le había sorprendido a Claudia, la enfermera, descubrir a Abuelita Mercedes en la mañana dando vueltas por la cocina, preparando todo, mientras danzaba con pasos ligeros al son de José José.
El plan original era que iríamos toda mi familia: Papá, Mamá, Alma, Rubén y yo, pero en días anteriores a cada quién le fueron saliendo uno u otro pendiente imperdible. Así que ahí estaba solo yo, canasta en mano, forrado en ropa nueva y bastante incómoda, apestando a la loción que mi papá me compró, que seguramente debía llamarse “tronco viejo bañado en vinagre de jalapeño”.
¡Knock-Knock!
Estábamos sentados en la pequeña mesa que tenía pegada a la ventana; uno frente al otro. Se sentía un aura acogedora (no sé si era por la charola de galletas que tenía frente a mi o la sonrisa tan sincera y cómoda que veía en la cara de mi abuelita). Su cocina siempre me había parecido un viejo recuerdo de una película de los cincuenta: cortinas de cuadros azules y blancos, decoraciones de pared con publicidad antigua y cuadros de paisajes de bellas metrópolis europeas. Por la ventana abierta escuchaba los sonidos del incambiable barrio: Doña Queta barriendo su cochera, el inquilino-en-turno de los Roldán escuchando a alguna banda de rock o lo que fuera que escucharan los universitarios en el momento, los alumnos de Esther mallugando las teclas del piano, Rocko ladrando desde el jardín de Don Quintín.
“Qué grande estás”, me dijo. Su voz sólo puedo describirla con la palabra ‘paz’. Había una serenidad en ella, una enorme seguridad. Me recordaba a los maestros del kung fu que veía en las películas del canal cinco. Esa mirada, ese ritmo del que todo lo sabe, que todo lo entiende y que parece que dentro de ellos brota una fuente de amor puro hacia todo y todos. “Doce años. Todavía me acuerdo”, y miró hacia la ventana, en silencio, por un minuto.



Cuando terminó de vagar por algún recuerdo que le sacó una leve risa, volteó hacia mí y, llena de energía, salió a su buró. “Hay algo que quiero darte.”
Regresó con algo entre sus manos que yo no podía ver bien, pero ella lo manejaba con una delicadeza y orgullo como si fuera la corona de la reina.  Lo venía viendo con ojos ligeramente húmedos y llenos de admiración y ternura. Pasaba sus dedos suavemente sobre él. Al fin lo vi: era el collar de placa de plata y otro igual.
“Éstos los compró tu abuelo cuando andábamos de viaje…por Europa”. Cerró los ojos y no pudo contener la risa. Yo estaba extrañado, era la primera vez que mi abuelita me hablaba de papá Ramón (en paz descanse). Era un tema que mis papás se aseguraron que nunca se hablara. Pero ahí estaba ella, atacada de la risa, una delgada lágrima recorriendo su ruborizado y lustrado rostro, vagando por algún feliz recuerdo. “Ay, Ramón…”
 “‘Nos vamos a Europa, nos vamos a Europa’, me decía. ‘Ni traigas maletas. Allá compramos todo.’ Ay, Ramón. Lo acababan de correr de la cigarrera ese mes. Habíamos tenido discusión (una de las fuertes) la noche de antes. ‘¿Cómo que a Europa?’, le decía. ‘Sí, sí. A Europa. Súbete al carro.’ Su sonrisota y se reía. Tú…tú sonríes como él.” No podía describir a ciencia cierta su mirada. Era entre nostalgia y una abundante felicidad, como si lo estuviera viviendo en ese momento todo otra vez.
“Y me subí, entre nerviosa y feliz y confundida. Él prendió el radio y le subió a todo volumen. Asustó a Carmela, la mamá de Queta. Estaba barriendo. ‘¡Nos vamos para Europa, Doña Mela!’ Y se arrancó. Él iba cantando y me iba moviendo la mano, bailando.
“‘Llegamos a las vías y estaba pasando un tren. Apenas iba cruzando. Ahí volteó a verme. Sus ojos. Azules, azules. Y me sonríe. ‘Yo te amo, Meche.’ Y me besó la mano. ‘Desde que te vi en aquella feria; cuando me dijiste que no querías bailar; que no aguantabas porque era la primera vez que usabas tacones y nos quedamos platicando; cuando fuimos por esa nieve,” su voz se empezaba a cortar entre oraciones, “cuando tu mamá se enfermó; cuando no entraste a la escuela; cuando me acompañaste al estadio y no querías; cuando fui a la casa de tus papás; cuando te enojas; cuando me quieres; cuando dices que ya no me quieres; cuando me aguantas; cuando te ríes; cuando andas sería. Yo siempre te amo.’ ‘Yo también, Ramón. Yo también.’ Y nos quedamos callados, viéndonos, sonriendo.
Hay veces que sabes que lo que te dicen no es igual a lo de siempre. Hablamos todo el día, decimos cosas sin en verdad sentirlas. Usamos muchas palabras a la ligera…pero hay veces en que sabes que te lo dicen en serio…del corazón. Ese fue uno. Siempre háblale así a los que quieres.”
“‘Y le seguía, maneje y maneje, pero yo no veía para dónde andaba agarrando. El aeropuerto era al otro lado. Íbamos pasando por el centro y que se para. ‘Ya llegamos, Meche.’ Y se baja y empieza a caminar. ‘Vente, Meche.’ Sin voltear a verme, da la vuelta hacia la plaza. Yo seguía en el carro, sin moverme. Pues me bajé y lo perseguí. Que voy dando la vuelta a la plaza y…”
Se quedó callada, llevó las manos sobre su boca, sus ojos ahora sí soltando las lágrimas. “‘¡Ya llegamos a Europa, Meche!’

“‘Toda la plaza…vacía…pero llena de focos. No sabía dónde andaba. Caminé y caminé entre ellos, parecían estrellas. Eran los focos de la casa; los de Navidad, los de la sala, los del jardín. Eran los de toda la cuadra. Los de Mela, los de Quicha, de los Roldán. Cuando volteo, tu abuelo ya no estaba. ‘¡Ramón! Ramón, ¿dónde andas?’ Y que empezó la música. Estaba Don Ernesto, con Esther y sus hermanos.” Y con los ojos cerrados, Abuelita empezó a tararear una canción que yo no conocía. Me sonaba vieja, de esas de su época. Luego supe que se llamaba La vie en rose. ‘Y sale tu abuelo, con su traje…el café. Y unas flores. Y su sonrisa…su sonrisa…”